Estamos a pocas semanas de la publicación del Informe
Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. En la lista
de interés Ave Crítica hemos tenido fuertes críticas
hacia la Comisión, pero sabemos que el Informe Final puede ser un
instrumento valioso para lograr justicia, siempre y cuando señale
claramente a los culpables, cómplices y responsables políticos
de la guerra sucia entre Sendero Luminoso, el MRTA y el Estado peruano.
El Informe Final de la Comisión de la Verdad debe revelarnos los archivos
secretos y a los centros de detención clandestinos, donde no
pudieron llegar las ONGs de derechos humanos, el Ministerio Público
y la Defensoría del Pueblo. Debe señalar a los terroristas
y militares que cometieron y encubrieron matanzas, desapariciones y violaciones;
a quienes se enriquecieron con el pillaje y la destrucción de las
zonas de emergencia, con las armas y pertrechos usados contra civiles indefensos.
Debe sacar a la luz las órdenes criminales emitidas por los comandos
terroristas, militares y policiales, para que quede claramente establecida
su responsabilidad e infamia.
Existen fuerzas vinculadas a los violadores de los derechos humanos y a la
mafia fujimorista que, aprovechando la debilidad de la Comisión de
la Verdad, intentan negar o minimizar los crímenes cometidos por el
Estado durante la guerra sucia. Rafael Rey, agente del Opus Dei que amnistió
a los sicarios del SIN, repite sin la menor vergüenza los cínicos
argumentos de Martha Chávez frente a los crímenes de Fujimori
y Montesinos; Mauricio Mulder cumple el rol de encubridor que años
atrás asumiera Carlos Enrique Melgar frente a las masacres del gobierno
de Alan García; y Víctor Andrés Belaúnde, pretendiendo
defender a su difunto tío Fernando, pretende minimizar el número
de peruanos inocentes muertos a manos de los policías y militares
que supuestamente debían protegerlos.
Toda una tradición de impunidad, que ya dura 20 años, queda
reflejada en estos personajes y en otros muchos como ellos, con diversos
rostros; desde los descaradamente fascistas, como el general Noel, el cardenal
Cipriani, los diarios "Correo" y "La Razón", hasta los miserablemente
cobardes, como Gilberto Siura, para el cual el Ejército era "un monstruo
más grande que Dios".
Por el otro lado, tenemos la insidiosa prédica de los cabecillas terroristas,
tanto de Sendero como del MRTA, que también pretenden minimizar sus
crímenes y, sin mostrar el menor arrepentimiento, piden una "solución
política de la guerra" (es decir, la amnistía pura y simple)
y la "reconciliación nacional", que no es más que la paz
de los cementerios.
Todos ellos, terroristas subversivos o terroristas de Estado, persiguen un
mismo propósito: amedrentar a la Comisión de la Verdad, lograr
que sus crímenes no sean revelados en todo su horror, no enfrentarse
al asco social y a los años de prisión que merecen por haber
destruido las vidas de miles de personas inocentes.
Frente a toda esta infamia y podredumbre, los peruanos debemos rechazar enérgicamente
a los voceros de la impunidad y exigir firmeza a la Comisión de la
Verdad. No se trata sólo de la importancia de dicha institución
(que terminará su mandato y desaparecerá): se trata de tener
bases firmes, no sólo para castigar a los responsables de crímenes
contra la humanidad, sino también para reescribir la historia de las
dos últimas décadas, en las cuales 60 mil peruanos perecieron
por culpa de un terrorismo brutal y por la arcaica estructura del Estado
peruano y sus Fuerzas Armadas, por su profundo y secular racismo, por la
brutalidad y sadismo de buena parte de sus integrantes. Y esto fue
posible porque el poder civil vivió sometido al poder militar, encubrió
sus crímenes y creó una historia falseada (la misma que hoy
enarbolan "Correo" y "La Razón") en la cual muchos hijos de
víctimas inocentes deben aprender a olvidar a sus padres, como
si nunca hubieran existido.
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